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Nota FICFUSA

¡Por supuesto que hay otras formas de contarnos! Hacia nuestra narrativa

Publicado: 21 de Junio de 2026 

Escrito por: Natalia Morales Herrera, mujer sentipensante

Durante muchos años me repetí a mí misma: «los guiones ya están escritos, no hay nada nuevo bajo el sol»; y en parte lo sostengo, pero con una precisión necesaria: bajo ese sol del canon oficial ya no hay nada nuevo, porque los únicos relatos que han llegado a nuestros oídos han sido los clásicos, los de Aristóteles y sus herederos, que son los que construyeron y moldearon la civilización de Occidente tal como la conocemos hoy. Siento que todo lo relacionado a la narrativa está incompleto porque nos ocultaron la otra mitad del mundo. Esta, la que conocemos, es sin duda la estructura narrativa clásica que hemos multiplicado y repartido por siglos, como los peces, los panes y la prole, sí. Ese era el mandamiento: multiplicar el relato, las voces, repetir el discurso, unificarlo para que creyéramos que no existía otra realidad posible.

Por eso hoy se hace urgente e imprescindible mirar qué otras formas posibles de relato hay, qué otras estructuras existen por fuera de ese corral. Yo, en cambio, pienso que al representar justamente a una de las poblaciones que el discurso canónico sacó desde hace milenios del relato oficial, prefiero moverme desde las márgenes, maquinando las formas de ir minando esas estructuras que parecen inamovibles y naturales. Por supuesto que estoy proponiendo ir por otras formas de contar, o al menos narrativas más amorosas, compasivas y feminizadas, si se quiere. Por más relatos colectivos y menos héroes, mártires, crucificados, presidentes puestos y derrocados.

La Curaduría: 12 Años en las Márgenes

Esta no es una elucubración teórica abstracta nacida únicamente en la rigidez del neocórtex. Este diagnóstico proviene de la carne, del territorio y de la pantalla. Tras 12 años como curadora del Festival Internacional de Cine de Fusagasugá (FICFUSA), he visto de primera mano el estado actual de las narrativas hechas por mujeres. La mayoría de las historias que nos llegan reflejan un tránsito muy personal, a palo seco, lleno de dudas y preguntas existenciales sobre la maternidad, el cuerpo y las artes. No es que estas creadoras repitan el camino clásico del héroe; al contrario, sus películas son el síntoma de que algo en ellas no está del todo cómodo con estas formas. Son un diagnóstico de la inconformidad de las mujeres en lo que se supone que es la maternidad, el éxito, las formas con que debemos hacerlo… hacernos… En fin, son el germen del mal, si se quiere, entendiendo ampliamente y claramente que nosotras somos el mal, el que se ha satanizado, el que se ha desoído… por raras, por brujas, por ser simplemente «otras», «esas», «ellas».

Esas películas tan personales tienen ese nerviecillo previo a la caída y son el retrato de la caída misma, de esa mujer hecha trizas, rota en mil pedazos. Películas que me cuestionaron, pero que me hicieron ruido a mí como curadora y justo por eso las elegí. Claramente, la reacción del gran público fue rechazo; claro que rechazaron esas voces. Por supuesto que no ha sido fácil «vender» en un municipio como Fusagasugá películas no clásicas, en su mayoría documentales, en su mayoría desde la herida, la derrota, el cansancio… desde el LADO B literal de los relatos canónicos. Si es agotador para un espectador, imagínense para esta curadora que se fagocitó, casi que sin filtro, más de 3.000 películas en 12 años de festival.

Y, aun así, vi la fisura, vi por donde habría que colarse, vi luz al otro lado de la herida abierta. Y es que me reflejé en esas películas, hice el mismo camino con ellas. El año en que programé más volumen de películas sobre la maternidad y sus sombras, fue justamente entre los años 2019 y 2020, porque yo misma atravesaba por esa crisis: puérpera, con un niño en brazos, amamantando y en medio de una pandemia. ¡Lindo el cuadro! Solo angustia. «Inhalo calma, exhalo angustia», dice el meme… pero en esa respiración entrecortada frente a la pantalla, entendí que el quiebre de esas directoras era también el mío, y que en esa herida compartida estaba naciendo nuestro nuevo punto de partida.

Históricamente, hemos estado copiando los moldes y los modelos que el mismo sistema nos deja. Queremos ser elegidas, queremos ocupar los centros de poder y terminamos emulando las formas de los varones, compitiendo en una total desigualdad de condiciones. Pero la maduración hacia narrativas comunitarias y ambientalistas —esas que apelan directamente al cerebro límbico y reptiliano, que son los que verdaderamente movilizan a los seres humanos— apenas empieza a asomarse en la periferia.

He sido testigo de excepciones poderosas que marcan el contra-guion que necesitamos multiplicar, relatos colectivos que subvierte la noción patriarcal de la debilidad:

  • Luché como una niña (Brasil): El registro de un grupo de niñas y adolescentes que cerraron una escuela hasta que se escuchara el pliego de los estudiantes, subvirtiendo la noción patriarcal de que luchar como una niña es un acto débil o en vano.
  • Las costuras de la piel (Bangladesh): El documental sobre las trabajadoras textiles en Bangladés, quienes producen la ropa barata del mundo bajo condiciones de esclavitud, sin remuneración justa, sin lugar al descanso, sin derechos laborales; replicando las dinámicas de explotación que originaron las protestas que nos llevaran al 8M hace décadas. De esa proyección recuerdo con cariño a mi abuela Alicia de 90 años, saliendo indignada a la mitad de la película diciendo “esa película son puras viejas peleando, ¡no mija yo me voy! traiga peliculas bonitas” 
  • Salir de Puta (Argentina): Una pieza que expone de forma descarnada las posturas de los dos bandos en disputa: las mujeres que exigen la legalización del trabajo sexual para acceder a derechos laborales y quienes defienden la abolición total de la prostitución.
  • Mujeres de confort (Japón): El relato colectivo de mujeres octogenarias que fueron “mujeres consuelo” sometidas sexualmente por los ejércitos japoneses en la Segunda Guerra Mundial y que hoy reclaman indemnización, dignificación y su derecho al buen nombre.
  • Las parteras y las comunidades indígenas: Narrativas de diferentes países de latinoamérica, México, Brasil, Colombia, Perú, que exponen el oficio del cuidado de la vida antes, durante y después del parto, construyendo tejidos poderosos entre mujeres que operan directamente sobre el cerebro límbico.

    Esas son las historias que nos legitiman desde la emoción y la pasión. Ser nombradas, recibir los créditos correspondientes y obtener los recursos económicos para hacer nuestras películas es, en sí mismo, un acto de insurgencia política. De estas películas aprendí mucho y me anoté en la lista del feminismo plural, diverso e incluyente.

El Viaje de la Heroína y el Rechazo al «Discursillo»

Es ahí donde cobra sentido El viaje de la heroína. Este relato no solo nos permite la posibilidad de que la historia sea protagonizada por una persona que se identifica con el mundo femenino, sino que es una nueva forma de ser, estar y habitar; puesto que propone desde el inicio que el viaje apenas empieza cuando emulamos el lugar del varón en los centros de poder. El verdadero viaje ocurre cuando volvemos a los círculos, a las charlas en las cocinas, en los velorios, cuidando la dieta de la recién parida, a los círculos de confianza; es amigándose con su lado femenino que se logra ser una verdadera heroína. Y esto, por supuesto, aplica para los varones que tampoco se sienten demasiado cómodos en el discursillo: hay que abrazar lo femenino amigos míos. 

Miremos, por ejemplo, el caso de Miranda Priestly en El diablo viste a la moda. Miranda es una mujer, sí, por supuesto, pero representa todo lo que se supone debería ser un varón en un sistema inventado para ellos. ¿Sigue siendo esto una estructura del viaje del héroe? Sí, absolutamente. Miranda habita el mito heroico masculino: sacrificó su vida personal, su vulnerabilidad y sus afectos para conquistar la cima del monte Olimpo corporativo. Ella es el rey del castillo; una mujer biológica que tuvo que travestir su psique y acorazar su cuerpo con la rigidez del patriarca para poder sobrevivir y mandar. Su poder reside en la distancia, en el frío, en el miedo que inocula a sus subordinados. Ella no propone un nuevo orden; ella perfecciona el orden existente.

El verdadero viaje de la heroína no lo hace Miranda; lo hace su antagonista y asistente, Andy. Andy entra al sistema queriendo jugar el juego de Miranda, queriendo ser «elegida» por el poder, asimilando sus códigos estéticos y de comportamiento. Pero el punto de quiebre ocurre cuando Andy se da cuenta de que para sostenerse en esa cima tiene que traicionar su propia red de afectos, su cuerpo y su humanidad. El zarpazo de la película ocurre cuando Andy tira el teléfono a la fuente y decide salirse de la línea recta del éxito corporativo. El viaje de la heroína, como bien lo plantea la psicoterapeuta Maureen Murdock, no termina con la conquista del trono; termina cuando la mujer descubre que el trono está vacío y que el éxito en el sistema patriarcal es un pacto de mutilación interna. El viaje de la heroína empieza de verdad cuando la mujer decide descender de la cima de ese sistema para buscar su propia voz en los márgenes.

Esto no es una metáfora de Hollywood; esto pasa en la carne de la política real, en los territorios. En el concejo municipal de mi municipio, hasta el periodo actual, nunca hubo tantas mujeres; por ello ni siquiera se habían permitido pensar que la carga laboral de las mujeres se debe repartir con la carga del cuidado. Y ni qué decir del trato que recibió una de las concejalas al quedar embarazada: no había piedad con esa mujer, gestando y luego lactando, porque el «deber ser» era volver a ocupar su curul lo más pronto posible, porque los asuntos del mundo y la política territorial la necesitaban para el debate, para la palabra, para lo que se resuelve con saliva y aire.

Yo le dije a esa concejala: «Pero por supuesto, si históricamente nunca había habido mujeres en esos cargos, como no son mujeres, como no menstrúan, ni gestan, eso no se les pasa por la cabeza. Entonces, hay que empezar a pensar en nuevas formas de legislar para esos cuerpos para los que la norma no aplica».

El espacio público, la tribuna de la oratoria, el estrado del concejo, fueron diseñados por y para cuerpos masculinos que no tienen la responsabilidad histórica del cuidado, cuerpos que no sangran, que no albergan vida, que no paren, que no lactan. Un varón puede pararse a dar un discurso de tres horas impulsado por pura saliva y aire porque en su casa hay un cuerpo precarizado, invisible y marginal sosteniendo. Haciendo la sopa, lavando la ropa y criando a sus hijos. Cuando una mujer ocupa esa curul trayendo consigo la memoria de su vientre, el sistema colapsa porque la estructura clásica de la política exige que te descorporeices, que te vuelvas un fantasma burocrático, una mente abstracta que legisla desde el desapego. No hay una legislación real para el cuerpo, esa no se ha inventado. En las leyes, en las palabras, en las estructuras, pareciera que fuéramos hechos de palabras, de sílabas, de aire; ¡pero tenemos un cuerpo que arde y caga! que amamanta y que llora; somos seres sintientes y eso no lo han podido empastar ni manipular, aun con todo su negocio farmacéutico y sus medicamentos psiquiátricos.

Intentan regular el comportamiento, ordenar las emociones, ordenar los sentires a través de leyes, fórmulas médicas, diagnósticos de TDAH; catalogando a las tontas y locas a todo el mundo con un trastorno… ¿y si es al revés? Porque yo veo que somos más las “trastornadas”. ¿No será que estar trastornado es la norma, y lo que no estaría encajando en esta estructura es tratar de encorsetarnos en estructuras rígidas, heteropatriarcales, que nada aportan ya? ¿No será que el verdadero trastorno es pretender que un cuerpo vivo, viva encorsetado en un libreto pre-apocalíptico que rinde culto a la finitud y al castigo? La oratoria clásica te dice que escondas los nervios, que reprimas el llanto, que modules tu voz para sonar «firme», controlada, neutra. Te pide que borres el síntoma. Yo les propongo lo contrario: hablen desde el miedo, desde el temblor, hablen con la pausa del cuerpo que lacta, hablen con la rabia del cuerpo que menstrúa, hablen desde la neurodivergencia que se niega a ser anestesiada por el laboratorio farmacéutico de tiene el contrato de turno. Estar desajustada dentro de un sistema enfermo no es una patología; es el único signo de salud y de resistencia que nos queda.

Bien, ahora sí, aquí las estructuras —y decir estructura ya a esta altura es un contrasentido— o, mejor, las otras formas posibles de narrarnos.

Otras formas posibles para narrarnos

Si vamos a minar el monumento de la retórica tradicional, tenemos que dejar de estructurar nuestros discursos y relatos bajo la tiranía del héroe aristotélico. Aristóteles nos enseñó que toda historia debe tener un inicio, un nudo y un desenlace catastrófico o triunfal; una línea recta que avanza hacia un clímax de conflicto. Esa es la estética de la guerra y del Apocalipsis: la promesa del colapso. Pero las leonas ya estamos aprendiendo a escribir, y estas son nuestras tecnologías de la palabra:

 

1. El Relato Coral o Polifónico (La disolución del Mesías)

La oratoria clásica adora al líder único, al pastor que guía al rebaño, al héroe que sube a la tarima a salvar al pueblo con su elocuencia. El relato coral propone que la verdad no le pertenece a una sola boca. Es una estructura donde el protagonismo se distribuye horizontalmente; las voces se trenzan, se interrumpen, se complementan y se sostienen mutuamente.

Cuando vayas a armar una presentación o a defender una idea desde esta forma, no hables desde el «Yo vine, yo vi, yo vencí». Estructura tu discurso como una asamblea de memorias. Trae a tu relato las voces de tu comunidad, los saberes compartidos de las que no están presentes, los susurros de los márgenes. El clímax aquí no es la victoria del orador sobre su audiencia (derrotar al otro con argumentos), sino la consolidación de un tejido colectivo donde todos los cuerpos se sientan amparados.

2. La Estructura Cíclica y Circular (El retorno al útero)

El Dios del patriarcado es Cronos (El tiempo): el Dios que devora a sus hijos, la línea recta que avanza obsesivamente hacia la producción, el progreso y la muerte. Las formas feminizadas de narrar, en cambio, se estructuran a partir del ciclo. Esta forma narrativa está inspirada en los procesos biológicos de la tierra y de los cuerpos gestantes: nacimiento, plenitud, desprendimiento, muerte aparente y regeneración.

En la palabra hablada, la estructura circular rechaza la prisa burocrática de la «saliva y el aire». Utiliza el estribillo, el retorno constante al punto de origen, la reiteración rítmica como una forma de tejer un mantra. No avanza hacia un final destructivo; vuelve al inicio transformado. Es la estructura que usan las narrativas ancestrales indígenas y las parteras de la memoria: se habla para que la vida permanezca, no para que el mundo se acabe.

3. La Estructura Rizomática (La rebelión de las raíces)

En botánica, un rizoma es un tallo subterráneo que crece de forma horizontal y de donde brotan raíces y brotes herbáceos de sus nudos; no tiene un centro, no tiene una raíz principal que ordene a las demás. Si la estructura clásica es un árbol jerárquico (el Dios/Director/Presidente arriba, la base abajo), el rizoma es una red de complicidades.

Llevado a la construcción de tu discurso, la estructura rizomática te permite liberarte del corsé del índice rígido (Introducción, Punto 1, Punto 2, Conclusión). Te permite la digresión amorosa, el desvío poético, la incorporación del accidente. Es la palabra que se ramifica por afecto y asociación libre. No busca convencer mediante la lógica militar del impacto; busca contagiar, expandirse de cuerpo a cuerpo, crear nodos de sintonía. Es, en esencia, la estructura de la contracultura y de la conversación viva en la cocina.

4. La Estructura del No-Conflicto (Kishōtenketsu)

Toda la retórica de Occidente se basa en la confrontación: tesis contra antítesis, héroe contra villano, ganar el debate o perderlo. El Kishōtenketsu es una estructura milenaria de origen oriental que organiza el pensamiento en cuatro momentos sin necesidad de un conflicto destructivo o una agresión argumental:

  • Ki (Introducción): Se presenta el estado de las cosas, el cuerpo, el lugar desde donde se habla.
  • Shō (Desarrollo): Se expande esa realidad, se añaden datos, se profundiza en el sentir.
  • Ten (El Giro): Aquí no aparece un enemigo a derrocar. Aparece un elemento inesperado, una mirada desde otra perspectiva que reconfigura todo lo anterior (como descubrir que estamos habitando las márgenes).
  • Ketsu (Conclusión): Se conectan los elementos anteriores desde una nueva lucidez.

Esta estructura demuestra que se puede conmover, transformar y movilizar a una audiencia desde la revelación, la empatía y la belleza, sin necesidad de usar las viejas «formas de presión, amenazas y miedo» del discurso canónico; el cine experimental ya lo hace hace décadas, las comunidades originarias hace milenios, y sigue… Si conoces otras estructuras que estén por fuera de mi radar por favor, compartela, me interesa. ¿ y si inventamos una ?

BIBLIOGRAFÍA PARA PROFUNDIZAR EN LAS MÁRGENES

Si quieres alimentar tu palabra con el rigor de quienes ya abrieron estas brechas, te dejo los textos fundamentales que debes consultar y citar en tu bitácora de creación:

  • Murdock, Maureen. El viaje de la heroína. Este libro es crucial para que desarmes el monomito de Joseph Campbell. Murdock explica paso a paso cómo el verdadero éxito de lo femenino implica dejar de imitar el viaje del varón y descender a sanar la herida ancestral de la separación con la madre y la naturaleza.
  • Pinkola Estés, Clarissa. Mujeres que corren con los lobos. Una biblia de la contracultura. Analiza los mitos y los cuentos tradicionales para desenterrar el arquetipo de la «Mujer Salvaje», esa fuerza psíquica y corporal que el patriarcado ha intentado patologizar y encerrar bajo diagnósticos de locura o trastornos.
  • Deleuze, Gilles y Guattari, Félix. Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia (Capítulo 1: «Rizoma»). Para fundamentar teóricamente cómo las estructuras horizontales y descentralizadas son las únicas capaces de minar las instituciones rígidas y jerárquicas del poder tradicional.
  • Achebe, Chinua. Home and Exile. El gran escritor nigeriano donde se profundiza en la política de la representación y en la famosa máxima de por qué los leones necesitan urgentemente escribir sus propias crónicas de caza para desmontar la supuesta gloria del cazador.
  • Rivera Cusicanqui, Silvia. Ch’ixinakax utxiwa: una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Desde el pensamiento andino y marginal, esta socióloga boliviana propone la noción de lo «ch’ixi» (lo manchado, lo abigarrado, lo que no es puro ni encaja en binarismos), una herramienta teórica hermosa para validar a los «trastornados» y a los cuerpos periféricos que resisten a la unificación del discurso oficial.

Domingo 21 de junio de 2026

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